La caza del lobo





Hace años, el famoso comentarista Paul Harvey, describió cómo el esquimal mata al lobo. Primero cubre su cuchillo de doble filo con la sangre de un animal y luego deja que se congele. Luego añade otra capa de sangre y deja que también se congele. Repite el proceso una y otra vez hasta que el cuchillo está totalmente cubierto con sangre congelada. El cazador ártico entonces toma el cuchillo y lo coloca en la tierra con la hoja extendida para arriba. Sin sospechar cosa alguna, el lobo huele la sangre y empieza a lamer la sangre congelada. Entre más lame el lobo la sangre, más vigorosamente crece su apetito por la sangre. Sin saber lo que está haciendo, el lobo empieza a cortar su propia lengua. Entonces el lobo empieza a saciar su propia sed de sangre con su propia sangre. Su deseo perpetuo no se satisface nunca hasta quedar completamente muerto.

¿Usted cree que ésta es sólo una historia de esquimales y lobos? ¡Se equivoca! Por increíble que parezca, hay muchos cristianos que en su comportamiento moral y espiritual se identifican con la avidez visceral del lobo. Adoptan ciertas conductas inmorales (pecados) que se vuelven auto destructivas. Dichas conductas se tornan viciosas y cuando son practicadas lastiman la salud, las relaciones, las finanzas, etc. Lo curioso que se observa en las personas afectadas es, que en la mayoría de los casos son conscientes de las heridas que ellas mismas se están infligiendo, pero no muestran iniciativa para abandonarlas.

Jesús enseñó que el pecado ciega el entendimiento, debilita la voluntad y esclaviza el alma: “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (San Juan 8:34). El pecado tiene esa característica de despertar apetitos que luego se tornan imposibles de ser contenidos o saciados. Nadie queda satisfecho después de cometer un pecado, el individuo siempre querrá otro poco más. Además, el pecado vulnera las defensas volitivas del ser humano. Es por esa razón por la que muchos intentan, sin éxito, una y otra vez, dejar un vicio. Lamen una y otra vez el pecado y vuelven a lamer. Cada vez que pasan la lengua por el cuchillo se desangran un poco más. Saben que están corriendo un riesgo de fracaso y muerte. Se les advierte del peligro y se les exhorta a dejar ese pecado, pero su hambre y sed de pecar es mayor. Continúan lamiendo y lamiendo hasta que, finalmente, mueren.

Es posible que esta lectura refleje tu situación actual. Entonces te puede surgir una pregunta: ¿Será que existe alguien que pueda ayudarme a abandonar esta conducta auto destructiva? La respuesta es un rotundo SÍ. Jesucristo tiene poder para que abandones cualquier vicio que te esté destruyendo. Si aceptas a Cristo como tu Señor y Salvador, él puede perdonar todos tus pecados y hacer de ti una nueva persona, con un nuevo propósito y con nuevas fuerzas para vivir bien. Deja de seguir lamiendo ese cuchillo mortal y empieza a alimentarte de Cristo, pues él dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (San Juan 6:35).
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