El 28 de agosto de 1963, hace 50 años exactamente, en el monumento a Lincoln de la ciudad de Washington y ante una masiva audiencia de 200 mil personas, el Dr. Martin Luther King, un pastor estadounidense de la iglesia bautista se puso al frente y lideró el Movimiento por los derechos civiles para los afroamericanos, dirigió el poderoso e inmortal discurso “Yo tengo un sueño” empapado de dignidad y de genuinos anhelos de libertad y trabajo para su nación. El sueño del Dr. Luther King era una vida ciudadana guiada por el respeto, la justicia, la concordia y la paz entre todos los habitantes de los Estados Unidos de América.
El discurso
“Yo tengo un sueño” se ha vuelto el himno de la libertad para muchos
movimientos pro derechos civiles en el mundo entero. En uno de sus párrafos
dice: “Les digo a ustedes hoy, mis amigos, que pese a todas las dificultades y
frustraciones del momento, yo todavía tengo un sueño. Es un sueño
arraigado profundamente en el sueño americano. Yo tengo un sueño de que un día
esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: 'Creemos
que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales'. Yo
tengo el sueño de que un día en las coloradas colinas de Georgia los hijos de
los ex esclavos y los hijos de los ex propietarios de esclavos serán capaces de
sentarse juntos en la mesa de la hermandad. Yo tengo el sueño de que un día
incluso el estado de Mississippi, un estado desierto, sofocado por el calor de
la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y
justicia. Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en
una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el
contenido de su carácter. ¡Yo tengo un
sueño hoy!”.
Y en la
estrofa final de este himno de libertad y trabajo, Martin Luther King con el
alma henchida de gloria y de fe, declaró: “Y cuando esto ocurra, cuando dejemos
resonar la libertad, cuando la dejemos resonar desde cada pueblo y cada
caserío, desde cada estado y cada ciudad, seremos capaces de apresurar la
llegada de ese día en que todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres
blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, serán capaces de unir
sus manos y cantar las palabras de un viejo espiritual negro: '¡Por fin somos
libres! ¡Por fin somos libres! Gracias a Dios todopoderoso, ¡por fin somos
libres!'”.
A
decir verdad, todos los esfuerzos que los hombres han hecho para lograr la
libertad y el respeto a sus derechos civiles, son loables, son
ineludibles, imprescindibles y son legítimos. Sin embargo, aunque las sociedades han avanzado
muchísimo en cuanto a sus libertades civiles, la pregunta filosófica aún está
latente: ¿Existe realmente la libertad o es solamente una quimera del alma
humana? La Biblia dice que todos los seres humanos nacemos esclavos de nuestras
propias pasiones, del poder y de la fama del mundo y de los designios perversos
del diablo, tres enemigos declarados, implacables y perennes, verdaderos
negreros espirituales que aprisionan el alma humana desde la concepción hasta
el sepulcro. Jesús dijo: “De cierto,
de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (San
Juan 8:34).
Hace 50 años, Luther King, dijo: “Yo tengo un sueño”, y ese sueño hoy es
una realidad que todos los ciudadanos americanos afroamericanos gozan de iguales
oportunidades ante las leyes del coloso país del norte. Hace 2 mil años atrás,
Jesús, el Hijo de Dios también dijo “Yo tengo un sueño”. Desde el monte calvario
bajo la sombre del trono de su Padre, clavado sobre un árbol hecho cruz, Jesús
dijo: “Yo tengo un sueño de ver a millones de hombres y mujeres, de todas las
razas, culturas y lenguas del mundo, tengo el sueño de verlos cantar, danzar y trabajar
libres de sus cadenas espirituales de opresión y de miserias”. Ese sueño se ha
hecho realidad en millardos de gentes que hoy dan testimonio de las palabras del
evangelista Juan: “…si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”.


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