El Síndrome de Estocolmo


El 23 de agosto de 1973 un atracador entró en una sucursal del Banco de Crédito de Estocolmo. Después de disparar a dos agentes, Erik Olsson tomó como rehenes a cuatro empleados, tres mujeres y un hombre. Tras seis días de negociaciones, la policía puso fin al asalto sin que nadie más resultara herido. Paradójicamente, una de las rehenes, Kristin Enmark, de 23 años, que ejerció como portavoz de los retenidos, mostró abiertamente su simpatía y plena confianza hacia el secuestrador, a pesar de que Olsson había amenazado con matarlos y les había llegado a poner una soga al cuello. "Confío plenamente en él, viajaría por todo el mundo con él", llegó a decir, dispuesta a aceptar la propuesta de Olsson de que los dejaran salir en auto llevándose a dos rehenes, una idea rechazada por las autoridades.

El psiquiatra Nils Bejerot, que asesoró a la policía sueca, acuñó entonces el término "Síndrome de Estocolmo" para referirse a esta paradójica y desconcertante reacción de la rehén, que incluye "un conjunto de mecanismos psicológicos que determinan la formación de un vínculo afectivo de dependencia entre las víctimas de un secuestro y sus captores y –sobre todo–, la asunción por parte de los rehenes de las ideas, creencias, motivos o razones que esgrimen sus secuestradores para privarles de libertad", como explica el catedrático de psicología Andrés Montero Gómez en la revista Clínica y Salud del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.

Al estudiar de cerca este fenómeno psicológico, uno no puede dejar de pensar en la gran cantidad de personas que sufren espiritualmente del Síndrome de Estocolmo con respecto al diablo, su captor. Y esto es muy comprensible, porque desde que Satanás indujo al hombre y a la mujer a desobedecer a Dios allí en el huerto del Edén, los ha mantenido como sus rehenes morales y espirituales, acusándolos constantemente de ser pecadores empedernidos sin merecer nada bueno de la vida y sin tener esperanza alguna de la salvación eterna. Satanás amenaza a la humanidad entera y la atemoriza con lastimarla, empobrecerla y despacharla al infierno si deja de actuar bajo su perversa dirección.

La Biblia dice que el diablo es el "dios de este mundo", pero "dios" con minúscula, y –consciente o inconscientemente–, el ser humano hace su voluntad como víctima del secuestro espiritual al cual lo tiene sometido. Satanás ha convertido al ser humano en su esclavo. Sin embargo, muchos no saben que Satanás es un malhechor que ha sido derrotado por Cristo en la cruz del calvario y ya nadie tiene porqué obedecer a sus designios infernales. La Primera Epístola de Juan capítulo 3 y el versículo 8, dice: "Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo". Ya no tenemos porqué vivir amedrentados por Satanás. Ya no tenemos porqué temerlo ni obedecerlo. Si le entregamos nuestro corazón a Cristo y le pedimos que su sangre nos limpie de todo pecado, dejamos de ser hijos de desobediencia y venimos a ser hijos de Dios. Entonces podemos decir que somos verdaderamente libres para hacer la voluntad de Dios y libres para vivir una vida abundante y plena en esta tierra.

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