El 15 de abril de 2013, 23 mil corredores participaron en la 117° edición del maratón de Boston (EE.UU). La prueba coincidía con la celebración del Patriot's Day en la principal ciudad del estado de Massachusetts. Todo transcurrió con normalidad durante las primeras cuatro horas, pero minutos después se produjo la tragedia. Dos bombas de fabricación casera que estaban en dos ollas a presión escondidas en sendas mochilas explotaron de forma simultánea. El trágico resultado fue de tres personas muertas, entre ellas un niño de ocho años y otras 176 personas resultaron heridas.
Los presuntos responsables resultaron ser dos hermanos de origen checheno: Tamerlan y Dzhokhar Tsarnáev, de 26 y 19 años respectivamente. Tamerlan, el hermano mayor murió durante un operativo policial y su hermano menor ha quedado gravemente herido.
El terrorismo es un crimen detestable y condenable, sin importar el país donde se lo realice y/o la razón por la que se lo lleve a cabo. Sin embargo, un ataque de esta magnitud perpetrado en contra de personas desconocidas e inocentes, en lugares donde con seguridad estarán mujeres y niños, individuos totalmente ajenos a las motivaciones de los terroristas, no deja de inquietarnos y de empujarnos a querer saber qué fue lo que convenció "al" o a "los" actores para llevar a cabo tan horrendo crimen.
Desde que Caín mató a su hermano Abel, el asesinato no deja de causar dolor, indignación y lágrimas en los hogares de cualquier sociedad humana. Derramar la sangre de otra persona es un acto que la Biblia condena en los Diez Mandamientos: "No matarás", se lee en el libro de Éxodo 20:13, y que, además, mancha de pecado la conciencia del asesino. Esas manchas de rojo sangre no se borran fácilmente, el asesino tiene que llevar esa enorme carga de culpabilidad por el resto de su vida. El remordimiento es tan intenso que muchos, después de cometer sus crímenes, se sienten tan abrumados por sus recuerdos que deciden quitarse la vida ellos mismos.
Ah, el asesinato, tan antiguo como la humanidad y tan terrible como siempre. Un despiadado episodio de ira, un deseo incontrolable de venganza, una ansiedad de codicia extrema, un malicioso ataque de celos, una profunda y radical conversión religiosa, en fin, son tantas y tan diversas las razones, pero ninguna justificable que pueden trastornar la vida normal y las convicciones de una persona para luego aventarlas hacia el fatal desenlace: el asesinato.
El único remedio para quitar esas manchas de sangre, o de cualquier otra mancha con la cual esté sucio tu corazón, se encuentra en las palabras del apóstol Juan: "...y la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1:7). Puedes intentar infinidad de cosas para solucionar tu problema, pero todo será inútil. La única salida para escapar de esa persecución implacable de culpabilidad por el crimen que has cometido es, que te arrepientas de todo corazón y le entregues a Cristo tu vida, entonces él perdonará tus pecados y limpiará tu corazón de tal manera que al fin podrás ser verdaderamente libre.


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