Para nadie es sorpresa decir que vivimos una época en la que el cinismo se ha vuelto un estilo de vida. La batalla ética y moral que estamos librando es ineludible y tenaz. Existe una presión, a veces irresistible, para hacernos creer que la honradez y la decencia son valores de antaño, imposibles de ser practicados en la actualidad. Parece que las estructuras del mundo favorecen a los tramposos. Y este comportamiento se observa en todas las áreas de la vida social: en el noviazgo, en el matrimonio, en los negocios, en el trabajo y, lastimosamente, en la iglesia también. Desde las altas esferas del gobierno hasta los cotidianos avatares del vecindario, parece que todo el sistema moral está enfermo. Y entonces surge una pregunta que muchos se hacen constantemente: ¿Será que vale la pena ser honesto y veraz? Y la respuesta obvia es: ¡Claro que sí! Y es por eso que empecé hablando del majestuoso Río Amazonas.
El Río Amazonas no nace como tal. Se convierte en el Gran Río Amazonas con el concurso de más de mil 100 afluentes. ¡Esa es una gran lección de moral para todos nosotros! Nuestro aporte a la sociedad no es tan pequeño como nos imaginamos. Si miles de nosotros nos proponemos vivir honradamente, hablar con la verdad, ser amables con los demás, respetar nuestros compromisos, obedecer los principios y valores que Dios nos ha dejado en Su Palabra, al final del día, podemos hacer un gran Amazonas de cordialidad y sana convivencia en el lugar donde vivimos. No debemos desanimarnos ni bajar los brazos. El mal no debe reinar sobre el bien. Debemos combatirlo en todo lugar, precisamente allí donde Dios nos ha puesto.
Jesús dijo: “Además les digo que si dos de ustedes en la tierra se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan, les será concedida por mi Padre que está en el cielo” (Mateo 18:19). ¿Qué les parece esta promesa de Jesucristo? ¿No les parece que ponernos de acuerdo es una empresa que goza de la bendición de Dios? Si nos proponemos vivir en justicia y en santidad, tú y yo, allí en nuestro hogar, en nuestro vecindario, en nuestro trabajo y en nuestra iglesia, el Padre Celestial nos dice que estamos haciendo lo correcto y que va a apoyar nuestro propósito. Con la ayuda de Dios, podemos hacer que ese pequeño aporte diario de honradez que hagamos, se convierta en una influencia moral y espiritual semejante al caudal del Río Amazonas. Así que manos a la obra, comencemos hoy mismo a vivir en forma íntegra.

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